Provenza es la Francia de la imaginación — y el lugar excepcional donde la imaginación se queda corta ante la realidad. Los campos de lavanda del Luberon, los acantilados ocres de Roussillon, el teatro romano de Orange, los mercados rebosantes de tomates y queso de cabra y aceitunas en cantidades que sugieren que toda la región se está preparando para una comida muy larga y muy buena. Lo cual, en cierto sentido, es siempre así.
El Valle del Luberon es el corazón de la experiencia. Gordes, Bonnieux, Ménerbes, Lacoste — una hilera de pueblos encaramados en lo alto conectados por carreteras que serpentean entre viñedos y cerezos. Cada uno tiene su día de mercado, su café, su panorámica que parece una postal pero que huele a romero. El truco es la hora: llega a cualquier pueblo antes de las 10am y lo tendrás prácticamente para ti. Después llegan los autobuses turísticos y el cálculo cambia.
Aix-en-Provence es la ciudad más elegante de la región — la ciudad natal de Cézanne, con bulevares bordeados de plátanos, fuentes en cada esquina y un mercado en el Cours Mirabeau que es más hermoso de lo necesario. Los cafés de aquí se toman en serio la institución del café: te sientas, observas, nadie te mete prisa.
Las Calanques, entre Marsella y Cassis, son fiordos de piedra caliza que caen en picado hacia aguas turquesas del Mediterráneo. Sube caminando hasta la Calanque d’En-Vau — noventa minutos por un sendero rocoso — y nada en un agua tan cristalina que puedes ver el fondo a quince metros de profundidad.
Cuando ir: A finales de junio para ver la lavanda en flor. En septiembre para la vendimia, menos turistas y la luz más bonita del año.