Samaná
"Cabalgar por la jungla para llegar a una cascada parecía sacado de un cuento, pero era martes."
La Península de Samaná es la República Dominicana que la mayoría de los viajeros nunca llegan a ver — exuberante, montañosa y salvaje, que se adentra en el Atlántico como un puño verde. Fuimos a caballo por senderos de barro entre la selva hasta la cascada El Limón, que cae cincuenta metros en una poza tan fría que te arranca un grito. El recorrido por el bosque, esquivando ramas y cruzando arroyos, fue la mitad de la aventura. La cascada fue la recompensa. He perseguido cascadas por todo el Sudeste Asiático y Centroamérica, y El Limón se defiende sola ante cualquiera de ellas — no por su tamaño, sino por el camino que hay que recorrer para llegar y la sensación de haber ganado algo.

De enero a marzo, las ballenas jorobadas migran a la Bahía de Samaná para aparearse, y tomamos un bote desde el pueblo de Santa Bárbara de Samaná para verlas saltar, golpear el agua con la cola y cantar tan cerca que la embarcación se balanceaba con su estela. La escala de esos animales es imposible de anticipar — uno ve fotografías, ve documentales, y de repente una criatura de cuarenta toneladas se lanza fuera del agua a veinte metros de tu bote y el cerebro simplemente deja de procesar por un instante. Los guías nos contaron que hasta dos mil ballenas se congregan en la bahía durante la temporada alta. Vimos quizás una docena en una sola mañana, entre ellas una madre y su cría que emergieron juntas con una delicadeza que hizo callar a todos en el bote.

Playa Rincón, accesible en bote desde Las Galeras, figura regularmente entre las mejores playas del Caribe — una larga curva de arena blanca bordeada de palmeras de coco donde casi no hay nadie. Comimos pescado frito preparado por una señora en la playa y acordamos que fue la mejor comida de la semana. El aislamiento es la magia — sin resorts, sin vendedores paseando por la arena, sin motos de agua. Solo un kilómetro de playa perfecta con montañas de fondo y el sonido de las olas. El propio Las Galeras es un pequeño pueblo en el extremo oriental de la península donde la carretera simplemente termina, y los viajeros que lo descubren suelen ser de los que no tienen prisa por irse.

Cuando ir: De enero a marzo, para la temporada de ballenas jorobadas — el gran atractivo. De diciembre a abril es la estación seca. La península es hermosa todo el año, pero los caminos pueden inundarse en temporada de lluvias. Playa Rincón se llega mejor en bote. Las Galeras es la base más tranquila y con más encanto.