Andalucía es la España del imaginario colectivo — flamenco, toros, tapas, palacios moros — y lo extraordinario es que la realidad supera al cliché. He recorrido esta región en coche tres veces, siempre en primavera, siempre con las ventanillas bajadas y el perfume del azahar llenando el coche como una droga que no sabías que necesitabas. La luz aquí es distinta a la del resto de España — más dura, más dorada, el tipo de luz que hace que las paredes blancas resplandezcan y que proyecta sombras tan nítidas que parecen pintadas en el suelo. Los pintores llevan siglos viniendo aquí a perseguirla, y lo entiendo. Hace que todo parezca más importante de lo que debería.
Los Pueblos Blancos
Los pueblos blancos son lo que viniste a ver, aunque no lo supieras. Se esparcen por las colinas de la Sierra de Grazalema y las Alpujarras como terrones de azúcar lanzados por un dios descuidado — Ronda encaramada sobre su imposible tajo, el Puente Nuevo salvando el vacío como un desafío; Frigiliana despeñándose por una ladera en cascadas de blanco y azul cobalto; Zahara de la Sierra reflejada en su embalse con un castillo moro en ruinas en la cresta de encima. Cada pueblo tiene un bar en la plaza, y cada bar tiene una terraza a la sombra, y cada terraza tiene una vista que costaría una fortuna en bienes raíces en cualquier otro sitio, pero aquí es simplemente donde la gente come.

Las carreteras que los unen son el punto. Atraviesas olivares que se extienden hasta todos los horizontes — la provincia de Jaén sola tiene sesenta millones de olivos, una cifra tan grande que deja de significar algo hasta que los ves, fila tras fila tras fila, verde plateado bajo el sol, produciendo un aceite tan extraordinario que el pan se convierte en un vehículo para él y no al revés. Para en un molino de carretera y prueba el aceite de la nueva cosecha, picante y vivo y verde como la hierba recién cortada, y nunca volverás a comprar aceite de supermercado.
La costa y el interior
La costa de abajo se extiende desde las playas salvajes de Cabo de Gata — un parque nacional volcánico donde los acantilados son ocre y el agua es transparente y el complejo turístico más cercano parece otro país — hasta los chiringuitos de Málaga, donde las sardinas se asan en espetos clavados en la arena y la cerveza viene en vasos tan fríos que se empañan con el calor. La Costa de la Luz, frente al Atlántico, es ventosa e intacta, una costa de surf donde Tarifa se asienta en el punto más estrecho del estrecho y en los días despejados se ve Marruecos.

En el interior, Córdoba esconde uno de los edificios más extraordinarios del mundo — la Mezquita, una mezquita convertida en catedral y luego en palimpsesto arquitectónico, su bosque de arcos de rayas rojas y blancas creando un espacio que se siente a la vez infinito e íntimo. La recorrí durante una hora y seguía descubriendo nuevas perspectivas, nueva luz, nueva prueba de que los moros que la construyeron comprendían algo sobre el espacio, la repetición y la relación entre la geometría y lo divino que la arquitectura occidental ha pasado siglos intentando recuperar.
El triángulo del jerez — Jerez, El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda — es donde el fino y la manzanilla se sirven fríos con platos de jamón y la tarde se disuelve en noche sin que nadie se dé cuenta ni le importe. El jerez es el vino más infravalorado del mundo, y beberlo donde se hace, en bodegas que huelen a roble y a tiempo, es una de esas experiencias que recalibran el paladar para siempre.
Cuando ir: De marzo a mayo, cuando florecen las flores silvestres y las temperaturas son suaves. El otoño es igualmente hermoso, con ferias de la vendimia y luz dorada. Evita julio y agosto en el interior, cuando Córdoba y Sevilla alcanzan regularmente los cuarenta y cinco grados y las calles se vacían al mediodía.