Sierra Norte de Oaxaca
"Las comunidades zapotecas decidieron compartir la montaña en sus propios términos."
La carretera que sale de la ciudad de Oaxaca sube rápido. En cuarenta minutos los espectaculares de mezcal desaparecen, el fondo del valle se aleja y el aire que entra por la ventana se vuelve frío y resinoso — savia de pino y tierra mojada en lugar del diesel y el copal del centro. Lia pegó la cara al vidrio cuando la primera nube tragó la camioneta entera. No veíamos a veinte metros de distancia. Así se presentó la Sierra Norte.
Ocho pueblos, una decisión
Los Pueblos Mancomunados — ocho comunidades zapotecas que incluyen Benito Juárez, Cuajimoloyas y Lachatao — tomaron una decisión colectiva en los años noventa que todavía me parece silenciosamente radical: administrarían sus bosques ellos mismos, construyendo senderos y contratando guías locales antes de que nadie más llegara a hacerlo por ellos. El resultado es una de las redes de ecoturismo más reflexivas que he encontrado en México. Las cabañas son propiedad de miembros de la comunidad y son ellos quienes las atienden. Los mapas de los senderos los trazaron personas que crecieron caminando estas crestas. Cuando pagas la cuota de entrada en la palapa de Cuajimoloyas, el dinero se queda en el pueblo.
Lo noté en los detalles pequeños. Los postes señalizadores del sendero estaban tallados, no impresos. La señora que nos trajo huevos y frijoles negros a las seis de la mañana había caminado desde su casa a tres minutos de ahí. Nada parecía importado.
La línea de nubes y el silencio inesperado
El segundo día salimos de Benito Juárez a caminar la Ruta de los Hongos, siguiendo marcas anaranjadas a través de un bosque de encinos tan cubierto de líquenes que parecía tapizado. La nube se asentaba exactamente a 2,800 metros — por debajo, aire despejado y largas vistas hacia el valle; por encima, un mundo empapado y amortiguado donde el sonido moría a un brazo de distancia. Cruzamos esa línea cuatro veces durante la caminata, entrando y saliendo de dos atmósferas distintas.
La sorpresa llegó en un claro cerca de Llano Grande. Esperaba silencio allá arriba, pero en cambio encontré el ruido del viento moviéndose entre los árboles en olas lentas y enrolladas — un sonido como un aplauso distante que llegaba y se retiraba sin causa aparente. Me quedé quieto más tiempo del que tenía sentido. Algunos paisajes tienen una calidad acústica particular que reconfigura algo dentro del pecho. Éste era uno de ellos.
Qué comer antes del sendero
El desayuno en Cuajimoloyas son tlayudas cocinadas en comal de barro, con los bordes chamuscados y ampollados, encima tasajo y el quesillo local, granuloso y picante, que se deshebra distinto al trenzado que venden en los mercados de la ciudad. Hay un comedor en el zócalo que abre a las siete. Llega antes que los grupos con guía.
Cuando ir: De octubre a febrero hay los cielos más despejados después de las lluvias, con noches frías que hacen que las chimeneas de las cabañas se sientan bien ganadas. Evita Semana Santa y agosto, cuando los senderos alrededor de Cuajimoloyas se llenan rápido y las cabañas comunitarias se reservan con semanas de anticipación.