Oaxaca es donde la profundidad de México se vuelve innegable. El estado — no solo la ciudad — contiene más culturas indígenas, más tradiciones culinarias y más biodiversidad que la mayoría de los países. Las ruinas zapotecas de Monte Albán preceden a los aztecas por un milenio. La tradición del mole — siete variedades canónicas, cada una un universo de chiles, especias y técnica — es uno de los grandes logros de la gastronomía mundial. El mezcal no es una bebida sino una cultura, producido por maestros que cuidan sus agaves durante décadas antes de la cosecha.

La ciudad es colonial, colorida y caminable. El zócalo es el centro de gravedad. El pasillo de humo del Mercado 20 de Noviembre es comida imprescindible — tasajo asado sobre brasas, servido con tortillas hechas a mano y frijoles negros. Jalatlaco, el barrio al norte del centro, es más tranquilo y residencial, con pequeñas galerías y cafés.
Los palenques mezcaleros fuera de la ciudad — en Santa Catarina Minas, Santiago Matatlán, San Baltazar Chichicapam — son donde el destilado es producido por familias que llevan generaciones destilando. Visita con la guía de Mezcaloteca en el centro de la ciudad, que te orientará hacia los productores que hacen tobalá, cuixe y tepeztate de agave silvestre.

Monte Albán — llega a las 8 de la mañana. Las ruinas zapotecas, posadas sobre una cima de montaña aplanada sobre el valle, están entre las más atmosféricas de las Américas cuando las tienes para ti solo.
La costa — Puerto Escondido y las playas circundantes — ofrece una Oaxaca completamente diferente: surf del Pacífico, ceviche fresco, y un ritmo que hace que la ciudad parezca urgente en comparación.
Cuándo ir: De octubre a diciembre. Noviembre es ideal — Día de Muertos, el final de las lluvias, luz dorada y cálida.