Budapest es en realidad dos ciudades que acordaron compartir un río, y llegué en una mañana de noviembre cuando la niebla se posaba tan baja sobre el Danubio que Pest desaparecía por completo desde la orilla de Buda — solo unos cuantos chapiteles asomándose entre el blanco, como una ciudad a medias recordada. Buda se eleva en la ribera occidental — la colina del castillo, las callejuelas medievales, el Bastión de los Pescadores con sus torres de cuento enmarcando la mejor vista del Parlamento al otro lado del agua. Pest se extiende plana y magnífica hacia el este — los bulevares, los cafés, los bares en ruinas tallados en edificios abandonados del Barrio Judío donde uno toma spritzers bajo muros cubiertos de arte callejero y plantas colgantes.
Los baños termales son el ritual definitorio de la ciudad, y transformaron por completo mi relación con las mañanas. Széchenyi, con su palacio neobárroco amarillo y sus piscinas al aire libre humeantes en el frío invernal, es el más famoso — jugué ajedrez allí con un maestro jubilado que me venció en nueve movimientos y luego me invitó a un café. Gellért ofrece una elegancia Art Nouveau tan perfecta que uno siente que se baña dentro de un cuadro. Rudas tiene piscinas de piedra de época otomana donde la luz se filtra por aperturas en forma de estrella en la cúpula, y la piscina en la terraza de noche ofrece una vista de la ciudad iluminada que me hizo olvidar que estaba sentado en agua mineral a las once de la noche.

Los Bares en Ruinas y la Revolución Gastronómica
Los bares en ruinas del Barrio Judío merecen su reputación, pero solo si vas más allá de Szimpla Kert (aunque el Szimpla un martes por la tarde, cuando funciona como mercado de productores, es genuinamente maravilloso). La escena gastronómica ha evolucionado de manera extraordinaria — desde los mercados que sirven lángos hasta los restaurantes con estrellas Michelin que reinterpretan la cocina húngara. El Gran Mercado en Vámház körút es donde pasaba mis mañanas: pimentón en una docena de variedades, salchichas kolbász colgando del techo, y lángos fritos al momento con crema agria y queso que me hicieron reconsiderar todos los panes fritos que he comido en mi vida.
Lo que más me sorprendió fue el vino. El vino húngaro está crónicamente subestimado fuera del país — me senté en un bar de vino natural en el Distrito del Palacio y probé un Juhfark de Somló que no se parecía a nada que haya encontrado en años bebiendo en bodegas francesas y mexicanas. Budapest no es París ni Ciudad de México, pero aspira a algo, y esa ambición tiene buen sabor.


Cuando ir: De abril a junio y de septiembre a octubre. El invierno es muy atmosférico para los baños, con mercados navideños a lo largo del Danubio.