Split no es una ciudad con ruinas romanas — es una ciudad construida dentro de una ruina romana. El Palacio de Diocleciano, levantado en el siglo cuarto como residencia de retiro para el emperador, jamás fue abandonado. La gente simplemente se instaló y nunca se fue. Hoy, entre sus muros conviven apartamentos, restaurantes, tiendas y una catedral construida dentro del mausoleo de Diocleciano, formando un rompecabezas arqueológico que funciona también como barrio vivo, donde la abuela de alguien vive encima de un sótano romano.
El Peristilo — el patio central del palacio — es donde todas las épocas colisionan con mayor claridad: esfinges egipcias, columnas romanas, una torre campanario medieval y las mesas de un café moderno comparten la misma plaza bañada de sol. Fuera del palacio, el paseo marítimo de la Riva es el escenario social de Split: los locales pasean al atardecer, los ferris parten hacia las islas y el sol poniente tiñe de ámbar las murallas del palacio. La península de Marjan, a diez minutos caminando desde el centro, ofrece senderos entre pinos, calas escondidas para nadar y miradores desde capillas con vistas a la ciudad y a las islas del horizonte.
Cuando ir: De mayo a junio o en septiembre, cuando el calor acompaña y los ferris conectan con las islas sin la saturación del verano. Split es, en el fondo, una ciudad para todo el año.