Hallstatt está encajado entre el Hallstätter See y una montaña casi vertical con tanta estrechez que el pueblo tuvo que construir su iglesia en una terraza y apilar las casas unas sobre otras. El resultado es uno de los pueblos más fotografiados del mundo — fachadas pastel reflejadas en un agua tan quieta que funciona como un espejo, con el macizo del Dachstein alzándose detrás como un muro de caliza gris.
El pueblo lleva habitado más de siete mil años, originalmente por sus minas de sal — las más antiguas del mundo — que dieron nombre a la cultura de Hallstatt y conservaron artefactos tan bien que los arqueólogos siguen haciendo descubrimientos. El Skywalk, la plataforma miradora, se asoma sobre el lago desde la entrada de la mina de sal, a 350 metros sobre el agua. El Beinhaus — la casa de los huesos — en la capilla de San Miguel alberga más de 1.200 cráneos pintados, una tradición nacida de la crónica escasez de espacio en el cementerio del pueblo. Toma el primer ferry de la mañana desde la estación de tren al otro lado del lago — la llegada por agua es la vista definitiva.
Cuando ir: De mayo a junio o de septiembre a octubre para multitudes manejables. El invierno trae nieve y una quietud de cuento de hadas.